LENIN

      ¿Qué hacer?

      Problemas candentes de nuestro movimiento

      III. Política tradeunionista y política socialdemócrata

        c. Las denuncias políticas y la necesidad de "infundir actividad revolucionaria"

      Al lanzar contra Iskra su "teoría" de "elevar la actividad de la masa obrera", Martínov ha puesto al descubierto ¡de hecho! Su tendencia a rebajar esta actividad, pues ha declarado que el medio preferible, de importancia singular, "aplicable con la mayor amplitud" para promoverla y su campo de operaciones es la misma lucha económica, ante la cual se han postrado todos los "economistas". Este error es característico precisamente porque no es propio sólo de Martínov, ni mucho menos. En realidad, se puede "elevar la actividad de la masa obrera" únicamente a condición de que no nos limitemos a hacer "agitación política sobre el terreno económico". Y una de las condiciones esenciales para esa extensión indispensable de la agitación política consiste en organizar denuncias políticas omnímodas. Sólo con esas denuncias pueden infundirse conciencia política y actividad revolucionaria a las masas. De ahí que esta actividad sea una de las funciones más importantes de toda la socialdemocracia internacional, pues ni siquiera la libertad política suprime en lo más mínimo esas denuncias: lo único que hace es modificar un tanto su orientación. Por ejemplo, el partido alemán afianza sus posiciones y extiende su influencia, sobre todo, gracias a la persistente energía de sus campañas de denuncias políticas. La conciencia de la clase obrera no puede ser una verdadera conciencia política si los obreros no están acostumbrados a hacerse eco de todos los casos de arbitrariedad y de opresión, de todos los abusos y violencias, cualesquiera que sean las clases afectadas; a hacerse eco, además, desde el punto de vista socialdemócrata, y no desde algún otro.. la conciencia de las masas obreras no puede ser una verdadera conciencia de clase si los obreros no aprenden –basándose en hechos y acontecimientos políticos concretos y, además, actuales sin falta – a observar a cada una de las otras clases sociales en todas las manifestaciones de su vida intelectual, moral y política; si no aprenden a hacer un análisis materialista y una apreciación materialista de todos los aspectos de la actividad y la vida de todas las clases, sectores y grupos de la población. Quien orienta la atención, la capacidad de observación y la conciencia de la clase obrera de manera exclusiva –o, aunque sólo sea con preferencia – hacia ella misma, no es un socialdemócrata, pues el conocimiento de la clase obrera por sí misma está ligado de modo indisoluble a la completa claridad no sólo de los conceptos teóricos … o mejor dicho: no tanto de los conceptos teóricos como de las ideas, basadas en la experiencia de la vida política, sobre las relaciones entre todas las clases de la sociedad actual. Por eso es tan nociva y tan reaccionaria, dada su significación práctica, la prédica de nuestros "economistas" de que la lucha económica es el medio que se puede aplicar con más amplitud para incorporar a las masas al movimiento político. Para llegar a ser un soicaldemócrata, el obrero debe formarse una idea clara de la naturaleza económica y de la fisonomía social y política del terrateniente y del cura, del dignatario y del campesino, del estudiante y del desclasado, conocer sus lados fuertes y sus puntos flacos; saber orientarse entre los múltiples sofismas y frases en boga, con los que cada clase y cada sector social encubre sus apetitos egoístas y su verdadera "entraña"; saber distinguir qué instituciones y leyes reflejan tales o cuales intereses y cómo lo hacen. Mas esa "idea clara" no se puede encontrar en ningún libro: pueden proporcionarla únicamente las escenas de la vida y las denuncias, mientras los hechos están recientes, de cuanto sucede alrededor nuestro en un momento dado; de lo que todos y cada uno hablan –o, por lo menos, cuchichean – a su manera; de lo que revelan determinados acontecimientos, cifras, sentencias judiciales, etc., etc., etc. Estas denuncias políticas omnímodas son condición indispensable y fundamental para infundir actividad revolucionaria a las masas.

      ¿Por qué el obrero ruso muestra todavía poca actividad revolucionaria frente al salvajismo con que la policía trata al pueblo, frente a las persecuciones de las sectas, los castigos corporales impuestos a los campesinos, los abusos de la censura, las torturas de los soldados, la persecución de las iniciativas culturales más inofensivas, etc.? ¿No será porque la "lucha económica" no le "incita a pensar" en ello, porque le "promete" pocos "resultados palpables", porque le ofrece pocos elementos "positivos"? No; semejante juicio, repetimos, no es sino una tentativa de achacar las culpas propias a otros, imputar el filisteísmo propio (y también el bernsteinianismo) a la masa obrera. Debemos culparnos a nosotros mismos, a nuestro atraso con respecto al movimiento de las masas, de no haber sabido aún organizar denuncias lo suficiente amplias, brillantes y rápidas contra todas esas ignominias. Si lo hacemos (y debemos y podemos hacerlo), el obrero más atrasado comprenderá o sentirá que le estudiante y el miembro de una secta religiosa, el mujik y el escritor son vejados y atropellados por esa misma fuerza tenebrosa que tanto le oprime y le sojuzga a él en cada paso de su vida. Al sentirlo, él mismo querrá reaccionar, sentirá un deseo incontenible de hacerlo; y entonces sabrá armar hoy un escándalo a los censores, manifestarse mañana ante la casa del gobernador que haya sofocado un levantamiento campesino, dar pasado mañana una lección a los gendarmes con sotana que desempeñan la función del Santo Oficio, etc. Hemos hecho todavía muy poco, casi nada, para lanzar entre las masas obreras denuncias omnímodas y actuales. Muchos de nosotros ni siquiera comprendemos aún esta obligación suya y seguimos espontáneamente tras la "monótona lucha cotidiana" en el estrecho marco de la vida fabril. En tales condiciones decir que "Iskra tiene la tendencia a rebajar la importancia dela marcha ascendente de la monótona lucha cotidiana, en comparación con la propaganda de ideas brillantes y acabadas" (Martínov, pág. 61), significa arrastra al partido hacia atrás, defender y ensalzar nuestra falta de preparación, nuestro atraso.

      En lo que respecta al llamamiento a las masas para la acción, éste surgirá por sí mismo siempre que haya enérgica agitación política y denuncias vivas y aleccionadoras. Pillar a alguien en flagrante delito y estigmatizarlo en el acto ante todo el mundo y en todas partes es más eficaz de cualquier "llamamiento" e influye a veces de tal modo que después es incluso imposible decir con exactitud quién "llamó" a la muchedumbre y quién propuso tal o cual plan de manifestación, etc. Se puede llamar a una acción – en el sentido concreto de la palabra, y no en el sentido general – sólo en el lugar mismo donde la acción se lleve a cabo; y puede hacerlo únicamente quien va a obrar en el acto. Y nuestra misión de publicistas soicaldemócratas consiste en ahondar, extender e intensificar las denuncias políticas y la agitación política.

      A propósito de los "llamamientos". "Iskra" fue el único órgano que, antes de los sucesos de la primavera, llamó a los obreros a intervenir de modo activo en una cuestión – el aislamiento forzoso de estudiantes – que no prometía absolutamente ningún resultado palpable al obrero. Nada más publicarse la disposición del 11 de enero sobre "el aislamiento forzoso de ciento ochenta y tres estudiantes para hacer el servicio", Iskra insertó un artículo sobre este hecho (núm. 2, febrero)* y, antes de que comenzara toda manifestación, llamó con claridad "a los obreros a acudir en ayuda de los estudiantes", llamó al "pueblo" a contestar públicamente al insolente desafío del gobierno. Preguntamos a todos y cada uno: ¿cómo explicar la notable circunstancia de que, hablando tanto de "llamamientos" y destacando los "llamamientos" incluso como una forma especial de actividad, Martínov no haya mencionado para nada este llamamiento? ¿No será filisteísmo, después de todo, la declaración de Martínov de que Iskra es unilateral porque no "llama" suficientemente a la lucha por reivindicaciones que "prometen resultados palpables"?


      * Véase V. I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 4, pág. 391-396. (N. de la Edit.)
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      Nuestros "economistas", entre ello Rabócheie Dielo, tenían éxito porque se adaptaban a la mentalidad de los obreros atrasados. Pero el obrero socialdemócrata, el obrero revolucionario (y el número de estos obreros aumenta día en día) rechazará con indignación todos esos razonamientos sobre la lucha por reivindicaciones que "prometan resultados palpables", etc., pues comprenderá que no son sino variantes de la vieja cantilena del aumento de un kopek por rublo. Este obrero dirá a sus consejeros de R. Mysl y de R. Dielo: en vano se afanan, señores, interviniendo con demasiado celo en asuntos que nosotros mismos resolvemos y esquivando el cumplimiento de sus verdaderas obligaciones. Porque no es nada inteligente decir, como lo hacen ustedes, que la tarea de los socialdemócratas consiste en dar a la lucha económica msima un carácter político; eso es sólo el comienzo, y no radica en ello la tarea principal de los socialdemócratas, pues en el mundo entero, sin exceptuar a Rusia, es la policía misma la que comienza muchas veces a dar a la lucha económica un carácter político, y los propios obreros aprenden a darse cuenta de con quién está el gobierno*. En efecto, esa "lucha económica de los obreros contra los patronos y el gobierno", con que ustedes presumen como si hubieran descubierto América, la sostienen en numerosos lugares perdidos de Rusia los propios obreros, que han oído hablar de huelgas, pero que quizá nada sepan de socialismo. Esa "actividad" nuestra, de los obreros, que todos ustedes quieren apoyar presentando reivindicaciones concretas que prometen resultados palpables, existe ya entre nosotros; y en nuestra minúscula labor cotidiana, sindical, nosotros mismos presentamos esas reivindicaciones concretas, a menudo sin ayuda alguna de los intelectuales. Pero esa actividad no nos basta; no somos niños a los que se pueda alimentar sólo con la papilla de la política "económica"; queremos saber todo lo que saben los demás, queremos conocer detalladamente todos los aspectos de la vida política y tomar parte activa en todos y cada uno de los acontecimientos políticos. Para ello es necesario que los intelectuales repitan menos lo que ya sabemos nosotros mismos** y nos den más de lo que todavía no sabemos, de lo que jamás podremos saber por nosotros mismos a través de nuestra experiencia fabril y "económica", o sea: conocimientos políticos. Ustedes, los intelectuales, pueden adquirir estos conocimientos y tienen el deber de proporcionárnoslos cien y mil veces más que hasta ahora; además, deben proporcionárnoslos no sólo en forma de razonamientos, folletos y artículos (que a menudo -¡disculpen al franqueza! – suelen ser algo aburridos), sino indispensablemente en forma de denuncias vivas de cuanto hacen nuestro gobierno y nuestras clases dominantes en estos momentos en todos los aspectos de la vida. Cumplan con mayor celo esta obligación suya y hablen menos de "elevar la actividad de la masa obrera". ¡Nuestra actividad es mucho de lo que ustedes suponen y sabemos sostener, por medio de la lucha abierta en la calle, incluso las reivindicaciones que no prometen ningún "resultado palpable"! Y no son ustedes los llamados a "elevar" nuestra actividad, pues ustedes mismos carecen precisamente de esa actividad. ¡Póstrense menos ante la espontaneidad y piensen más en elevar su propia actividad, señores!


      * La exigencia de "dar a la lucha económica misma un carácter político" es la manifestación más patente del culto a la espontaneidad en la actividad política. La lucha económica adquiere a menudo un carácter político de manera espontánea, es decir, sin la intervención de los "intelectuales", que son el "bacilo revolucionario", sin la intervención de los socialdemócratas conscientes. Por ejemplo, la lucha económica de los obreros en Inglaterra adquirió también un carácter político sin participación alguna de los socialistas. Ahora bine, la tarea de los socialdemócratas no se limita a la agitación política en el terreno económico: su tarea es transformar esa política tradeunionista en lucha política socialdemócrata, aprovechar los destellos de conciencia política que la lucha económica ha hecho penetrar en los obreros para elevar a éstos al nivel de conciencia política socialdemócrata. Pero los Martínov, en vez de elevar e impulsar la conciencia política que se despierta de manera espontánea, se prosternan ante la espontaneidad y repiten con machaconería, hasta dar náuseas, que la lucha económica "incita" a los obreros a pensar en su falta de derechos políticos. ¡Es de lamentar, señores, que este despertar espontáneo de la conciencia política tradeunionista no les "incite" a ustedes mismos a pensar en sus tareas socialdemócratas!
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      ** Para confirmar que todo este discurso de los obreros a los "economistas" no es una invención gratuita nuestra, nos remitiremos a dos testigos que, sin duda, conocen el movimiento obrero directamente y no se inclinan, ni mucho menos, a ser parciales con nosotros, los "dogmáticos", pues uno de ellos es un "economista" (¡que considera incluso a Rabócheie Dielo un órgano político!) y el otro, un terrorista. El primer testigo es el autor de un artículo, notable por su veracidad y viveza, publicado en el núm. 6 de Rab. D. con el título El movimiento obrero de San Petersburgo y las tareas prácticas de la socialdemocracia. Divide a los obreros en: 1) revolucionarios conscientes; 2) sector intermedio, y 3) el resto de la masa. Y resulta que el sector intermedio "a menudo se interesa más por los problemas de la vida política que por sus interese económicos inmediatos cuya relación con las condiciones sociales generales ha sido comprendida hace ya mucho"… Rab. Mysl es "criticado con dureza": "siempre lo mismo, hace mucho que lo sabemos, hace mucho que lo leímos", "tampoco esta vez hay nada nuevo en la crónica política" (pág. 30-31). Pero incluso el tercer sector, "la masa obrera más sensible, más joven, menos corrompida por la taberna y por la iglesia, que casi nunca tiene posibilidad de conseguir un libro de contenido político, habla a diestro y siniestro de los fenómenos de la vida política y reflexiona sobre las noticias fragmentarias acerca de un motín de estudiantes", etc. Y el terrorista escribe: "… Leen un par de veces unas líneas dedicadas a minucias de la vida de las fábricas en ciudades que no son las suyas y luego dejar de leer… Les aburre… No hablar en un periódico obrero sobre el Estado… significa imaginarse que el obrero es un niño pequeño… El obrero no es un niño" (Svoboda (68), ed. del Grupo Revolucionario-Socialista, pág. 69-70)
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        d. ¿Qué hay de común entre el economismo y el terrorismo?

      Hemos confrontado, en una nota a pie de página, a un "economista" y a un terrorista no socialdemócrata, que por casualidad han resultado solidarios. Pero, hablando en general, entre los unos y los otros existe un nexo no casual, sino interno y necesario, del cual tendremos que hablar aún más adelante y al que es preciso referirse precisamente cuando se trata de inculcar la actividad revolucionaria. Los "economistas" y los terroristas de nuestros días tienen una raíz común: el culto a la espontaneidad, del que hemos hablado en el capítulo precedente como de un fenómeno general y que ahora examinamos desde el punto de vista de su influencia en la actividad política y la lucha política. A primera vista, nuestra afirmación puede parecer paradójica: tan grande es, aparentemente, la diferencia entre quienes hacen hincapié en la "monótona lucha cotidiana" y quienes preconizan la lucha más abnegada del individuo aislado. Pero no es una paradoja. Los "economistas" y los terroristas rinden culto a dos polos diferentes de la corriente espontánea: los "economistas", a la espontaneidad del "movimiento puramente obrero", los terroristas, a la espontaneidad de la indignación más ardiente de los intelectuales que no saben o no tienen la posibilidad de vincular la labor revolucionaria al movimiento obrero para formar un todo. Quienes hayan perdido la fe en esta posibilidad, o jamás la hayan tenido, difícilmente encontrarán, en efecto, otra manera de manifestar su sentimiento de indignación y su energía revolucionaria que no sea el terrorismo. Así pues, el culto a la espontaneidad en las dos direcciones indicadas no es sino el comienzo de la aplicación del famoso programa del Credo: los obreros sostienen su "lucha económica contra los patronos y el gobierno" (¡que nos perdone el autor del Credo porque expresemos sus ideas con palabras de Martínov! Creemos tener derecho a hacerlo, pues también en el Credo se habla de que los obreros, en la lucha económica "chocan con el régimen político"), ¡y los intelectuales, con sus propias fuerzas, despliegan su lucha política, como es natural, por medio del terrorismo! Esta conclusión es completamente lógica e inevitable, y es forzoso insistir sobre ella, aunque quienes comienzan a realizar dicho programa no han comprendido que tal conclusión es inevitable. La actividad política tiene su lógica, que no depende de la conciencia de quienes con las mejores intenciones exhortan o al terrorismo o a imprimir un carácter político a la lucha económica misma. De buenas intenciones está empedrado el camino del infierno, y en el caso presente las buenas intenciones no salvan aún de la inclinación espontánea a "la línea del menor esfuerzo", a la línea del programa netamente burgués del Credo. Porque tampoco tiene nada de casual que muchos liberales rusos –tanto los liberales declarados como los que se cubren con una careta marxista – simpaticen de todo corazón con el terrorismo y traten de mantener la intensificación de las tendencias terroristas en el momento actual.

      Pues bien, al surgir el "Grupo Revolucionario-Socialista Svoboda", que se había señalado precisamente la tarea de ayudar por todos los medios al movimiento obrero, pero incluyendo en el programa el terrorismo y emancipándose, por decirlo así, de la socialdemocracia, este hecho vino a confirmar una vez más la admirable perspicacia de P.B. Axelrod, quien predijo con toda exactitud estos resultados de las vacilaciones socialdemócratas ya a fines de 1897 (en su trabajo A propósito de las tareas y de la táctica actuales) y trazó sus famosas "dos perspectivas". Todas las discusiones y discrepancias posteriores entre los socialdemócratas rusos están ya, como la planta en la semilla, en esas dos perspectivas*.


      * Martínov "se imagina otro dilema más real (¿)" (La socialdemocracia y la clase obrera, pág. 19): "O la socialdemocracia sume la dirección inmediata de la lucha económica del proletariado y, con ello (¡), la transforma en lucha revolucionaria de clase"… "Con ello", es decir, al parecer, con la dirección inmediata de la lucha económica. Que nos indique Martínov dónde se ha visto que, por el único y solo hecho de dirigir la lucha sindical, se haya logrado transformar el movimiento tradeunionista en movimiento revolucionario de clase. ¿No caerá en la cuenta de que, para realizar esta "transformación", debemos asumir activamente la "dirección inmediata" de la agitación política omnímoda?… "O bien otra perspectiva: La socialdemocracia abandona la dirección de la lucha económica de los obreros y, con ello…, se corta las alas"… Según el juicio de Rab. Dielo, antes citado, es Iskra la que "abandona". Pero hemos visto que Iskra hace para dirigir la lucha económica mucho más que "Rab. Dielo" y, por añadidura, no se limita a eso ni restringe, en nombre de eso, sus tareas políticas.
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      Desde el punto de vista indicado se comprende también que R. Dielo, que no ha podido resistir a la espontaneidad del "economismo", tampoco haya podido resistir a la espontaneidad del terrorismo. Tiene sumo interés señalar aquí la argumentación especial que ha esgrimido Sbovoda en defensa del terrorismo. "Niega por completo" el papel intimidador del terrorismo (Renacimiento del revolucionarismo, pág. 64), pero, en cambio, destaca su "importancia excitadora". Esto es característico, en primer lugar, como una de las fases de la descomposición y decadencia del conjunto tradicional (presocialdemócrata) de ideas que obligaba a asirse al terrorismo. Reconocer que en la actualidad es imposible "intimidar" al gobierno –y, por consiguiente, desorganizarlo –por medio del terrorismo equivale, en el fondo, a condenar rotundamente este último como sistema de lucha, como campo de actividad consagrado por su programa. En segundo lugar, esto es aún más característico como ejemplo de la incompresión de nuestras tareas urgentes de "infundir actividad revolucionaria a las masas". Sbovoda hace propaganda del terrorismo como medio de "excitar" el movimiento obrero y darle un "fuerte impulso". ¡Es difícil imaginarse una argumentación que se refute a sí misma con mayor evidencia! Cabe preguntar: ¿es que existen en la vida rusa tan pocos abusos que sea preciso aún inventar "excitantes" especiales? Y, por otra parte, si hay alguien que no se excita ni es excitable siquiera por la arbitrariedad rusa, ¿no es evidente que seguirá contemplando también con indiferencia el duelo entre el gobierno y un puñado de terroristas? La realidad es que las masas obreras se excitan mucho por las infamias de la vida rusa, pero nosotros no sabemos reunir, si puede decirse así, y concentrar todas las gotas y chorrillos de la excitación popular que la vida rusa rezuma en cantidad inconmensurablemente mayor de lo que todos nosotros nos figuramos y pensamos, y que es preciso fusionar en un solo torrente gigantesco. Que esto es factible lo demuestran de manera irrefutable la colosal propagación del movimiento obrero y la avidez, ya señalada, de publicaciones políticas, así como los llamamientos a dar a la lucha económica misma un carácter político, son formas distintas de esquivar el deber más imperiosos de los revolucionarios rusos: organizar la agitación política en todos sus aspectos. Sbovoda quiere sustituir la agitación con el terrorismo, confesando sin rodeos que, "en cuanto empiece una agitación intensa y enérgica entre las masas, el papel excitador de éste desaparecerá" (Renacimiento del revolucionarismo, pág. 68). Esto justamente muestra que tanto los terroristas como los "economistas" subestiman la actividad revolucionaria de las masas, pese al testimonio evidente de los sucesos de la primavera*; además, unos se precipitan en busca de "excitantes" artificiales y otros hablan de "reivindicaciones concretas". Ni los unos ni los otros prestan suficiente atención al desarrollo de su propia actividad de agitación política y de organización de denuncias políticas. Y ni ahora ni en ningún otro momento se puede sustituir con nada esta labor.


      * Se trata de la primavera de 1901, en la que comenzaron grandes manifestaciones en las calles. (Nota de Lenin para la edición de 1907. –N. de la Edit.)
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      e. La clase obrera como combatiente de vanguardia por la democracia

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